Samarkanda
Relatos de viaje de Mabel Andreu
miércoles, 15 de marzo de 2017
La Cuba de después de Fidel
La
Habana, ave fénix elevándose sobre sus ruinas
Llegamos
a Cuba cuando apenas se habían apagado los ecos del duelo que silenció la isla
hace mes y medio. Ya no existe el Comandante. El mito viviente de la revolución
no volverá a dejarse ver, aunque sea fugazmente, ataviado con su chándal rojo y
su visera y las gentes de Cuba hablan de él con respeto y un punto de
veneración. Como si la vida fuera fácil para la mayoría de los habitantes de la
isla, como si los equilibrios para la supervivencia no existieran. A Fidel se
le recuerda como el artífice del milagro cubano, el que consiguió que la
educación fuera obligatoria y gratuita y la sanidad pública, la envidia de toda
América Latina. El que elevó la dignidad personal a categoría principal hasta
convertir a las gentes de esta isla en un estandarte de esta virtud sin caer en
la arrogancia.
Ahora ya las calles y plazas han recuperado la
música, las gentes siguen riendo y nada parece preocuparles. Ni tan siquiera la
presencia del vecino Trump al que sí sienten como un loco capaz de cualquier
cosa pero, fieles a su manera de vivir la vida, no vamos a permitir que el tipo
nos arruine la gozadera, ¿no, mihijita?
La Habana nos acogió con un día
luminoso y un anfitrión estupendo. Paco, el amigo de Mercedes, nos fue a buscar
temprano al hotel Sevilla para darnos un paseo en su Chevrolet del 55 bicolor,
azul claro y blanco. Fue una toma de contacto con la gran ciudad de más de dos
millones de habitantes. Se extiende a lo largo de una bahía amplia que alberga
un gran puerto en el que no faltan anclados enormes paquebotes con cargamentos
de turistas de diferentes países que atracan para el recorrido obligado por la
Habana Vieja y luego seguir ruta por el resto del Caribe. Son los mismos que
atestan El Floridita a cualquier hora del día o de la noche, tras las huellas
de Hemingway y sus famosos daiquiris.
Paco nos llevó a la zona más elevada de la
ciudad, el morro con la fortaleza sobre el puerto, y el Cristo de la Habana, desde
donde se tiene una visión general de la bahía. Si te giras de espaldas al
puerto, te llamará inmediatamente la atención la paleta multicolor que
conforman los barrios de La Habana. Casas pintadas de rosa chicle, naranja,
verde pistacho o azul añil dejan testimonio de cuál era el color que se podía encontrar en la tienda cuando se
abordaba el adecentamiento de la fachada. El resultado es un mosaico de
cromatismo chillón. Fue un paseo lleno de informaciones valiosas. Tenía en
nosotras diez oídos ávidos de datos que nos ayudaran a comprender la realidad
cubana. Además de los aspectos geográficos o históricos de lo que nos iba
mostrando, lo más interesante fue la información acerca del momento social y
político que viven los isleños. La visión de Paco no es optimista. Según él,
entre un sector cada vez más amplio de la población (supongo que joven) se
extiende el descontento hacia los dirigentes políticos. Este grupo enriquecido
vive ajeno a las penurias en las que se debate la gente. Los políticos, junto
con los integrantes de la alta cultura, son las verdaderas clases dominantes
del país. Su enriquecimiento está generando movimientos subterráneos de
respuesta hasta el punto de que se empieza a hablar de un peligro de
contrarrevolución. La otra clase emergente es la relacionada con el turismo. Él
mismo pertenece a ese grupo. Con su taxi de época reluciente pasea turistas y
consigue un dinero que ni en sueños podría ganar con su profesión. No recuerdo
cual era pero ha sido una constante encontrar taxistas, conductores de coches
tirados por caballos, guías para excursiones…todo tipo de oficios vinculados
con el turismo, ejercidos por titulados superiores. Con los ingresos de Paco
vivirá una parte de su familia, por ejemplo, su madre quien, ya jubilada,
cuenta con una pensión de 10 euros al mes. Este dato nos pareció tan aterrador
que lo hemos contrastado con otras muchas personas a lo largo del recorrido.
Pues sí, todos coinciden. Podría pensarse que quizá la vida para los cubanos
sea barata. Pues no. Es igual de cara que para los no cubanos. La gasolina, por
ejemplo, cuesta 1,20 euros el litro. Una botella de agua pequeña, 1,50. (Bien
es verdad que este consumo se lo ahorran porque a ellos no les sienta mal el
agua del grifo) Comer en un sitio sencillo un plato de arroz con frijoles, una
ensalada de col, pollo con verduras y un postre acompañado por una caña de
cerveza local, entre 10 y doce euros. Ha habido algún caso excepcional por el
interior de la isla en donde hemos comido por menos pero, en general, estos son
los precios.
El paseo a pie desde el Vedado hasta
la Habana Vieja por el malecón nos permitió una inmersión en la vida de la
ciudad. En unas pocas horas se viven experiencias muy diversas. Desde el
glamour del Hotel Continental con la galería de visitantes ilustres forrando
las paredes (¿qué hace aquí nuestro amigo Lasa?) y los boleros desgranados por
un trío de edad avanzada: un Bésame mucho
que hubiera hecho las delicias de Canales, hasta el callejeo a lo largo de
la calle Neptuno, en el corazón de la Habana Vieja. Dédalo de arterias
estrechas pobladas por casas destartaladas que se alternan con otras ya
rehabilitadas. Un despliegue de arquitectura barroca, modernista y neoclásica,
testigos de épocas de esplendor de la que fue quizá la ciudad más próspera de
América Latina. Ahora se pueden encontrar casas enormes de aspecto ruinoso con
ropas colgadas en los balcones lo que es señal de habitantes. El uso más común
de estos caserones que aparentan estar al borde del hundimiento es una
abundancia de inquilinos. Pequeñas habitaciones ocupadas cada una por una
familia, con su infiernillo a modo de
cocina, componen vecindades variopintas, bulliciosas y solidarias. Nadie
quedará sin comida si la vida se le tuerce un poco más. Las vecinas
contribuirán con lo que haya porque en
este país nadie se muere de hambre. Frase que escucharemos en diferentes
ocasiones y que seguro responde a una verdad absoluta.
Las casas están abiertas y a sus
ocupantes no les cuesta nada invitarte a pasar. Así estuvimos un rato en el
interior de una en obras cuyo tejado se veía perforado por una palmera enorme
que arrancaba en el suelo de la entrada y atravesaba las dos plantas de la
construcción. Se accedía a la más alta por unas escaleras que compartían
espacio con el tronco de la palmera.
—Pero ¿Y cuando llueva? Se os va a inundar
la casa. Las escaleras se convertirán en catarata —les comentamos perplejas.
—Sí, mi amol, pero tampoco llueve tanto. Ya parará y se secará.
Allí estaban trabajando dos familias que
mostraron orgullosas el resultado de su esfuerzo. La sala ya estaba terminada.
Le habían incorporado un friso de otro color en la pared, a la altura del sofá.
En los suelos mantenían los azulejos originales decorados con motivos vegetales
en tonos mostaza y marrón que después vimos en otros muchos lugares. Nos preguntaron por nuestro plan de viaje y
en cuanto les dijimos que pensábamos alojarnos en Viñales en alguna casa
particular les faltó tiempo para darnos teléfono y dirección de la de una gente
amiga. Ellos también tenían el proyecto de alquilar habitaciones cuando
estuviera acabada la rehabilitación. Supongo que les resultará más fácil en
épocas de sequía.
La música es omnipresente. Generalmente el son y
la salsa te asaltan desde cualquier lugar ya sea en directo, ejecutada por un
pequeño grupo en una esquina o enlatada, desde el interior de las casas. De
pronto, el ritmo dominante cambia y atruenan los tambores. Nos dirigimos hacia
la fuente de aquella música afrocubana. En un pequeño local a ras de calle se
estaba celebrando una sesión de santería. Es muy frecuente toparse con mujeres
vestidas enteramente de blanco (incluída la montura de las gafas de sol y el paraguas)
que durante un año mantienen este atuendo para ser objeto, al finalizar el
cumplimiento de la promesa, del buen hacer de una santera para obtener lo
solicitado. La Regla de Ocha tiene su origen en el reino yoruba (la actual
Nigeria). Carece de estructura jerárquica ni cuenta con templos por lo que las
ceremonias se pueden celebrar en las mismas casas de los creyentes. Se trata de
una religión sincrética en la que las deidades africanas se han fusionado con
los santos católicos con los que guardan ciertas similitudes.
En nuestro deambular por este barrio las tiendas
son otro elemento de fascinación. No por lo que ofrecen sino justamente por lo
contrario: locales amplísimos en los que flotan como naúfragos abandonados
pequeños islotes de ropa, algún disco con las carátulas descoloridas o una
pequeña colección de ropa interior digna de la España de la primera posguerra.
Todo ello expuesto a la luz mortecina de unos tubos fluorescentes y con
carteles de FELIZ 2017 presidiendo el establecimiento. También quedaban restos
de luces multicolores que parpadeaban como reliquia de la pasada navidad. Estamos
a mediados de febrero.
A medida que el acceso a Internet se generalice
(todavía solo se encuentran algunos puntos abiertos en escasos lugares de la
ciudad, atestados siempre de jóvenes con sus móviles) el ansia de consumo podrá
llegar a ser una enfermedad. También la avalancha de turistas de todo el mundo
nos convertimos en un muestrario evidente de las diferencias entre el mundo capitalista
y su agonizante sistema comunista. De lo que no pueden ser conscientes es de
las enormes desigualdades que existen en ese paraíso del consumo que es el
mundo capitalista y de que solo una minoría de privilegiados podemos
permitirnos el viajar por el ancho mundo.
Queremos rematar la jornada en El Floridita cumpliendo
el ritual de tomar un daiquiri. Un ritual que finalmente no cumplimos allí. El
taxi nos dejó a dos pasos pero hicimos caso omiso de la indicación del taxista de
dirigirnos hacia la izquierda y enfilamos hacia el local de la derecha a
instancias de Maite, la única que ya había estado en el mítico bar veinte años
atrás. “Es ese, el del toldo granate”, y
allí nos metimos. Nosotras, convencidas de que estábamos en el auténtico
Floridita y fantaseando ya acerca de cuál sería la mesa que ocupara
habitualmente Don Ernesto. Es verdad que nos pareció un bar muy sencillo, sin
ninguna clase de glamour pero si Maite decía que aquello era El Floridita pues
a tomar daiquiris. Allí conocimos a Felipe, alias Pipijagua, el centenario
boxeador que lucía con orgullo los dedos desencajados como recuerdo de su
oficio. Un anciano enjuto, desdentado, de ojos vivos y ganas de palique, que parecía
ser parte del decorado del local. Le conocían todos y sobrevivía gracias a la
comida y bebida que le aportaba este segundo hogar. Cuando se cansó de nuestra
charla salió del bar contoneándose al ritmo de la salsa que sonaba dentro. Por
la acera venía en ese momento de frente una anciana negra que podría tener no
muchos años menos que Pipijagua. Era extremadamente delgada (algo bastante
frecuente en las personas de edad) y cubría su
cabeza cubierta con un pañuelo recogido al estilo africano. También ella
se mecía al compás de la salsa y por un momento, bailaron uno frente al otro
como si la noche acabara de comenzar y estuviera rebosante de promesas.
El camarero Carlos es un ejemplar más de los
muchos cubanos amantes de su isla y agradecido a la revolución.
—Yo estudiaba ahí enfrente —nos dice— y mi mayor
ilusión era llegar a trabajar de camarero en este bar que, por cierto, lo fundó
un compatriota de ustedes.
Carlos nos obsequió con una charla amena y bien
construida en la que desgranaba los
logros del régimen de Fidel y las diferencias a favor de Cuba con cualquier
otro país de América Latina. Pronto pudimos comprobar que de este sentir
participaba una gran parte de las gentes con las que hablamos a lo largo de los
días, si bien nunca pudimos estar seguras de si simplemente se muestran fieles
al argumentario oficial en su
relación con los turistas.
Viñales: primer
contacto con el mundo rural
Iniciamos
nuestro recorrido por la isla a bordo de un carro
con amplio maletero, un MG (“made in China”) automático. Con el depósito lleno
y unas explicaciones detalladas sobre el mapa para salir de La Habana sin
contratiempos, nos dispusimos a recorrer los 147 kilómetros que nos separaban
de Pinar del Río.
Enfilamos la autovía de cuatro
carriles sobre la que teníamos cierta información proporcionada por la guía de
Maite que se nos antojó a todas luces exagerada. Literatura, concluimos tras su
lectura. Apenas habíamos iniciado el recorrido nos dimos cuenta de que lo leído
se ajustaba a la realidad, e incluso, la reseña se quedaba corta. Había dos
tipos de problemas: el primero, la propia infraestructura; el segundo, los
usuarios de la infraestructura. Acerca del primero, pronto descubrimos que el
firme de la llamada autovía estaba salpicado por auténticos cráteres que de
caer en uno de ellos podía significar FIN
DEL TRAYECTO. No eran baches, eran abismos. La conducción se convirtió en
una suerte de rally en el que había que poner a prueba la pericia para esquivar
boquetes que tan pronto aparecían en un carril como en el otro. Un volantazo
rápido podía suponer llevarte por delante a un ciclista que en cualquier
momento decidía cambiar de carril. Sí, ciclista, o carro tirado por caballo, o
simplemente personas que caminan por el arcén y de pronto cambian al otro lado
de la carretera y desaparecen en uno de los campos de sembrados sin perder la
calma. Queda claro cuál era el segundo de los problemas. También contribuían a
la emoción del viaje las vacas o cabras o burros o cualquier otro bicho que
deambulaba o pacía plácidamente al borde del camino y que, de pronto, decidía
hacer una incursión por el asfalto.
A lo largo del recorrido aparece cada cierto
trecho un puente elevado que cruza la carretera. En algunos casos tienen acceso
por ambos lados y pueden ser utilizados para cruzar la autovía sin jugarse la
vida. En la mayoría de ellos, los accesos no están hechos y son una especie de
monumento al puente. Eso sí, por debajo, en ambos sentidos de la autovía,
grupos de gente se resguardan del sol e intentan conseguir que alguien les
acerque a su destino. Este es el sistema de transporte en toda la isla. Apenas
existen líneas de autobuses ni trenes. En cualquier camino se puede ver una
amplia marquesina con asientos y un cartel que reza “Punto de recogida de
viajeros”. Allí pasan horas grupos de personas a la espera de que un camión, un
coche particular, o un autobús destartalado les recoja. Los remolques de los
camiones circulan siempre atestados de gentes de pie que buscan llegar a su
destino.
En uno de esos puentes fuimos
interceptadas por un tipo con visera y camisa de manga corta que nos dio la
impresión de que podía ser un policía. Se acercó para pedirnos que lleváramos
hasta Pinar del Río a “la pequeña persona” para que fuera a un taller porque
habían tenido una avería en la máquina. Pronto nos dimos cuenta de que el tipo
de policía no tenía nada y de que era un intento de colarse en el coche para
robar lo que pudiera. Ya nos habían advertido de que esa técnica es muy
empleada y de que no abriéramos apenas la ventanilla si alguien nos quería
decir algo. En este caso la solución fue sencilla. Le dijimos al falso guardia
que el coche era de cinco plazas y que iba lleno. Nos podíamos arriesgarnos a
que nos pusieran una multa.
Respiramos con alivio cuando abandonamos la autovía
camino de Soroa para visitar el orquidiario. Se trata de un maravilloso jardín
tropical, ubicado en la Sierra del Rosario que, según dicen, alberga más de 700
especies de orquídeas diferentes. Lo construyó un tal Tomás Felipe Camacho,
abogado de origen canario, que dedicó su atención al cultivo de orquídeas para
satisfacer la pasión de su mujer e hija por estas flores. La visita a este
lugar nos hizo tomar conciencia ya de manera definitiva de que estábamos en el
trópico. Además de los cientos de orquídeas, estábamos rodeadas de árboles
maravillosos (más de 70 especies) de tamaños desconocidos por nuestras
latitudes: flamboyanes , hibiscus, algarrobos o ficus gigantescos, además de
otras plantas de las que en nuestra tierra les basta para vivir un pequeño tiesto y aquí son auténticos
gigantes: crotos, begonias, helechos. Frente al mirador, una vista del valle y las montañas de la Sierra del Rosario. En un rato de paseo
por aquel jardín ya no nos acordábamos de los sobresaltos de la autopista y
gozábamos de un sentimiento mezcla de paz y euforia. Yo he descubierto que el
trópico me euforiza.
El guardián de ese rincón apacible
era un anciano de aspecto bonachón con el que tuvimos ocasión de conversar un
rato. Parecía dichoso de dejar discurrir las horas en medio de aquel vergel y
aceptaba tranquilo el hecho de haber tenido que reincorporarse a la vida
laboral después de la jubilación porque la pensión no daba para vivir. Si, esa
pensión de 10 euros al mes de la que ya nos habían hablado.
Seguimos ruta hacia Las Terrazas,
una comunidad turística rural, a orillas del río San Juan, también en la Sierra
del Rosario. Esta experiencia de desarrollo sostenible, está ligada a la
consideración por parte de la Unesco de esta zona como Reserva de la Biosfera.
La región había sufrido una fuerte deforestación durante el período colonial
hasta convertirla en un “paisaje lunar”. La han salvado y además la comunidad
es autosuficiente. La explotación turística les permite sobrevivir al margen de
ayudas estatales. Nosotras llegamos un viernes y el turismo que por allí nos
encontramos era local. Había numerosas familias cubanas de picnic, disfrutando
de las piscinas naturales a orillas del río. Comimos nuestro bocata de jamón
jabugo con sabor a gloria y luego tomamos café en Doña María, un pequeño bar
situado en una terraza y atendido por las sobrinas de la fundadora. Un retrato
de Doña María presidía el local. El café era rico y el ambiente amable y cálido,
a modo de introducción de lo que nos aguardaba en el resto del recorrido por la
Cuba rural.
Llegamos a Pinar del Río a media
tarde. En el hotel nos recibió un amable conserje de nombre Luismiel. Tan
atento que cuando me vio con muleta se brindó a subirme a su espalda las
escaleras hasta la habitación. Las barreras arquitectónicas no son un obstáculo
en Cuba. Siempre puede haber un dulce Luismiel dispuesto a resolver el
problema. Por supuesto, decliné la invitación. Como buen cubano, buen
conversador: que por dónde íbamos a continuar. Que al día siguiente íbamos a
Viñales. Que si teníamos alojamiento. Que no, que lo buscaríamos al llegar. Que
él podía ponernos en contacto con su tía Doña Cristina que alquilaba
habitaciones. Que, bueno, que nos pusiera en contacto.
Al día siguiente llegamos a Viñales
a la hora convenida y en el lugar convenido aguardamos la aparición del hombre
“del pullover rojo” (consigna dada por nuestro intermediario Luismiel). Pasaba
el tiempo y seguíamos allí paradas sin que apareciera nadie. A cambio nos
sentíamos muy observadas por la población local: ¿qué hacen aquí estas cinco
“abuelitas” viajando solas y conduciendo su propio carro? Así lo expresó muy
gráficamente un chavalillo cuando le dijo a su amigo ”jo, mira las ladys,
menudo carro pilotan”. El del pullover rojo (en realidad camiseta negra porque
se le había olvidado la consigna) nos condujo hasta nuestra residencia en
Viñales: Casa Las jimaguas. Resultó un alojamiento estupendo. Dos habitaciones,
cada una con su baño, y un amplio comedor que daba a un porche con hamacas de
madera blanca. La familia tenía acceso por el otro lado por lo que nuestro
apartamento podía ser independiente. En realidad, nunca pretendimos que lo
fuera porque nos resultaba bastante entretenido platicar con Cari, nuestra
anfitriona o con sus dos hijas de ocho años Lidianis y Cusi, las jimaguas, que
descubrimos que quería decir gemelas. La casita estaba de espaldas al pueblo en
una zona totalmente rural. El canto del gallo nos anunciaba el día (y parte de
la noche), el pollo de la vecina tenía especial predilección por nuestra casa y
se colaba hasta debajo de la cama, y el único tráfico que pasaba por delante
eran jinetes a caballo camino de los campos o de los paseos para turistas. La
casa contaba con otro habitante del reino animal de una especie desconocida
para nosotras. Se trataba de una jutía, un roedor propio de la isla con el
aspecto de una enorme rata. Se alimenta de frutos, no necesita beber agua, y
vive en los árboles. La jutía de nuestra casa en realidad vivía en una jaula
porque parece que no tenía buen carácter.
Para la tarde nos propusieron un
paseo por el Valle del Silencio. Cari nos contactó con el guía Carlos, un
técnico forestal conocedor de los cultivos y vegetación de la zona. A lo largo
del valle del silencio tuvimos ocasión de ver árboles de mamey (qué pena que no
era época de tener frutos porque según dicen son deliciosos), algarrobos
gigantescos, cafetales con el grano ya colgando en racimos, el fruto del cacao
negro y blanco, campos de tabaco con sus secaderos, el árbol de la canela,
palmeras de todo tipo entre las que sobresale la palma real de tronco blanco y
esbelto salpicando con su porte elegante todo el valle. Fue un paseo
instructivo acerca de la riqueza agrícola y paisajística de la zona. Lo más
significativo del paisaje de Viñales son unas formaciones cársticas llamadas
mogotes que se elevan sobre la planicie como enormes flanes de cimas
redondeadas. La mayor parte están perforadas por cuevas visitables. Incluso en
una de ellas ofrecen a los turistas un paseo en barca. Nosotras no estábamos
interesadas en ejercer demasiado de “llumas” (el equivalente a nuestro “guiri”)
y nos apetecía más disfrutar del exterior y de la interesante charla de nuestro
guía Carlos.
Carlos “el polígamo”, además de un
gran conocedor de la flora y cultivos del entorno, hacía de su vida privada el
tema preferido de conversación. Quizá el hecho de contar con un auditorio
compuesto por cinco señoras de edad “avanzada” le motivó para desgranar su
supuesta biografía en un intento de escandalizar a la audiencia. No lo
conseguía. A pesar de comenzar diciendo que él tenía dos mujeres con las que
convivía alternando los días de la semana: lunes, miércoles y viernes con una;
martes, jueves y sábado con la otra. Los hijos de las dos madres se llevaban
bien y había fiestas ocasionales en las que se juntaban las dos familias. Que ambas habían aceptado muy bien la
situación y que la vida discurría sin problemas. También, esporádicamente,
aparecía una tercera (ésta era alemana) que tenía el carácter de novia
temporal. Además, tenía hijos con alguna otra de la que ya se había separado.
En fin, describía una agitada existencia con la que trataba de dejar constancia
de sus dotes amatorias hasta el punto de que compensara a sus esposas el hecho
de compartirlo. Todo estupendo. Hasta que le planteamos si él aceptaría una
situación equiparable por parte de ellas. ¡Ni por el forro! Él jamás podría
consentir una situación de ese tipo en sentido inverso.
Al día siguiente teníamos el
proyecto de caminar hasta el mirador sobre el Valle de la Penitencia en el que
habitan algunos miembros supervivientes de la comunidad de “los acuáticos”. Antoñica
Izquierdo, fundadora de la comunidad, sostuvo que la virgen le reveló los
poderes curativos del agua del manantial. Desde 1936 su fama fue creciendo en
la región y su doctrina traspasó lo religioso para convertirse en una líder que
defendía que la propiedad de la tierra correspondía a los campesinos. La
naturaleza subversiva de su doctrina hizo que terminara sus días encerrada en
un hospital pero todavía hoy quedan unas pocas familias que tratan de
mantenerse fieles a las doctrinas de la fundadora (no utilizar medicinas, solo
el agua del manantial para curar sus enfermedades)
Nos paramos en el camping para que
nos informaran acerca del camino. El agente de seguridad Leodan nos hizo
comprender la insensatez de tratar de llegar sin guía. Nos perderíamos seguro.
Se ofreció a ejercer él mismo de guía después de pactar el precio. Él también
negoció con su jefe el abandono del puesto de trabajo durante tres largas horas
para prestar este servicio a las llumas
empeñadas en subir al mirador. El agente de seguridad Leodan se convirtió en mi
báculo y, sin su ayuda, no hubiera podido ascender por repechos de pedruscos
muy difíciles de transitar con una muleta. Mi “novio” Leodan no me dejó en la
estacada y solo le faltó subirme a hombros. Resultó un muchacho encantador.
La vista desde el mirador compensó
el esfuerzo. Una amplísima panorámica sobre la región que disfrutamos con una
limonada fría preparada por el “acuático” que gestiona un pequeño bar en el que
reponer fuerzas.
Al atardecer viví uno de esos
momentos especiales que te regala cualquier viaje. El plan era llegar hasta el
jardín botánico pero se nos había hecho tarde y me resultaba imposible seguir
el paso del grupo. Así que decidí quedarme en la plaza para disfrutar del
bullicio de una tarde de domingo. En el ángulo derecho de la plaza se encuentra
el patio del Centro Cultural Polo Montáñez. Tuve ocasión de asistir a un auténtica
recital de salsa a cargo de diferentes grupos que tocaban y cantaban bastante
bien. Era un lugar agradable y estuve un rato viendo bailar, actividad que
practican gentes de cualquier edad con un arte y sentido del ritmo espléndido.
También sentido del espectáculo. Son unos virtuosos en los entrelazamientos de
brazos, tan pronto juntos como separados los dos bailarines y sin perder nunca
el ritmo. Cuando el volumen de la música me empezó a atronar salí a la plaza
para sentarme en un banco y esperar allí el regreso de mis compañeras de viaje.
Disfrutamos de una cena a base de
ensalada y pescado preparada por nuestra anfitriona quien nos puso al tanto de
sus proyectos. Llevaban apenas dos meses alquilando habitaciones y ya iban a
ampliar la casa y se planteaban contratar ayuda para gestionar el negocio. Está
claro que en poco tiempo se harán ricos. Cada habitación se alquila por 30 Cuc
(equivalente a 30 euros) y los desayunos cobran a 5 Cuc por persona. Teniendo
en cuenta que un médico gana en la isla entre 40 y 60 Cuc al mes, el nivel de
ingresos de los que alquilan habitaciones es desorbitado. En Viñales el turismo
crece sin parar (con el riesgo de que en poco tiempo pierda su encanto) y no
hay hoteles por lo que las casas están siempre llenas. Así las viviendas
particulares resuelven la carencia de infraestructuras hoteleras y son una
fuente de ingresos para el gobierno. La fiscalidad será seguramente alta.
Matanzas y
Cienfuegos: de norte a sur, sombras y luces
El
camino hasta Matanzas tuvo dos partes: la primera por la autopista que ya
conocíamos hasta La Habana y la segunda, una supuesta Vía Blanca que, según el
mapa, discurría paralela a la costa y nos habría de llevar hasta Matanzas. Sin
entrar en detalles, solo diré que nos sentimos atrapadas en una especie de “día
de la Marmota”, en busca de un túnel que nos debería de llevar a la tal Vía
Blanca. Por fin, enfilamos la dirección correcta después de más de una hora de
vueltas y revueltas y con los nervios a flor de piel.
De Matanzas es difícil decir algo
que suene a entusiástico. Buscamos el Hotel Canimao (uno de la cadena pública
Islazul para la que teníamos cinco bonos de alojamiento contratados desde
España) El hotel se encontraba a unos cuantos kilómetros a la salida de Matanzas,
en dirección a Varadero junto al cabaret Tropicana de Matanzas. Era una zona
despoblada en la que resultaba impensable la existencia de un cabaret. Pero sí,
allí estaba. Nuestro hotel no era un edificio de un único cuerpo. Se repartía
en bloques salpicados por un enorme parque. Yo disfrutaba de habitación
individual. Sin luz (ninguna lámpara funcionaba) Al final, conseguimos que un
“diligente” empleado arreglara un enchufe y conectara en él un enorme velón.
Para redondear el encanto del lugar, pasé una noche devorada por las pulgas.
En La Habana nos habían advertido
con insistencia de que no condujéramos de noche. Es realmente peligroso por la
cantidad de ciclistas que circulan sin luces. Dado el nulo atractivo del hotel
(a las 7 de la tarde era de noche) decidimos correr el riesgo y conducir hasta
Matanzas. Algo habría que ver en la segunda ciudad más importante de Cuba.
Bueno, pues si lo había no fuimos capaces de encontrarlo. El centro de la
ciudad era un lugar de calles mal iluminadas y de construcciones renegridas y ausencia de un
solo lugar en el que se congregara la gente para tomar una cerveza. Desolación.
De pronto, vimos un enorme caserón con portada neoclásica y grandes puertas de
hierro forjado, apenas iluminado. Había un rótulo por el que supimos que
estábamos en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, institución de gran
prestigio fundada por el poeta Nicolás Guillén. Esta era la sucursal de
Matanzas. Apenas habíamos pegado nuestros cinco rostros a los barrotes de la
puerta para intentar ver algo del interior, cuando apareció Julio y nos abrió
el local instándonos a entrar y contemplar la belleza del edificio y de lo que
en él se albergaba. No recuerdo bien el motivo de las exposiciones pero sí me
ha quedado la imagen de un edificio maravilloso. Julio era el conserje. Un
hombre negro de mirada profunda y dulce que pasaba su tiempo dibujando y
escribiendo poemas. Otro caso del jubilado retornado a su empleo para poder
sobrevivir. Nos regaló un dibujo a cada una y nos leyó unos cuantos versos. Sus
dibujos son grafitos de temas frutales con un erotismo sugerido. Transmitía candidez. Me despidió con un beso.
La cena en el Canimao y el desayuno
del día siguiente podría ser motivo de varias páginas. No quiero alargar el
relato. Baste decir que el comedor estaba situado en un antiguo teatro en el
que el escenario albergaba todo el polvo y las telas de araña que quepa
imaginar y que toda la instalación nos trasladaba a cualquier comedor para
indigentes de nuestro mundo desarrollado pero en los años 50. El público del
hotel estaba compuesto por trabajadores que tendrían su puesto de trabajo por
las cercanías, aunque, según Maite, estarían en una convención. Al día
siguiente les vimos preparados para la convención con botas de goma y casco de
obra. Las únicas llumas, nosotras cinco.
Los 195 kilómetros que separan
Matanzas, al noroeste de la isla, de Cienfuegos, al sur, se salvan por una
carretera de doble dirección pero con el firme mucho más fiable que el de la
autovía. El paisaje fue cambiando. Entramos en una zona menos cultivada, con
enormes extensiones de terrenos baldíos que se alternaban con plantaciones de
caña. Fuimos descubriendo una Cuba menos fecunda que la de la provincia de
Viñales. Llegamos a Jovellanos, una población de un cierto tamaño con la
escuela al borde de la carretera. Allí protagonizamos uno de los momentos
“estelares” del viaje, cuando dejamos aflorar nuestro espíritu de
“teresas-de-calcuta” y nos dispusimos a hacer el ridículo. Nos pareció que
podía ser el lugar ideal para soltar todo el cargamento de bolígrafos,
libretitas, lapiceros y demás chucherías que habíamos trasportado desde Bilbao.
A cada una le ocupaba una parte de su exigua maleta y, según viajeras experimentadas a Cuba, era un
material imprescindible. Así que nos dirigimos las cinco, en alegre formación,
hasta la escuela donde preguntamos por la directora. Nos trasladaron a un
pequeño despacho y allí fuimos recibidas por la responsable del centro y otras
tres maestras. Nos escucharon con atención mientras nosotras, deseosas de
desembarazarnos del cargamento, íbamos depositando en la mesa el material
escolar. Pronto nos dimos cuenta del error: la directora tomó la palabra y
después de darnos las gracias pasó a enumerar las excelencias del sistema
educativo cubano. Ningún alumno carecía de material escolar porque el gobierno
suministraba trimestralmente lo que fuera necesario. Nos llevó hasta un pequeño
almacén donde se guardaba el material fungible y nos ofreció la posibilidad de
visitar un aula de geografía en la que se estaba impartiendo clase en ese
momento. La seguimos en fila por un pasillo salpicado de murales conmemorativos
del fallecimiento del Comandante. Los alumnos habían construido la loa al padre
de la revolución pegando recortes de prensa, fotos, poemas y proclamas
políticas. Ya en el aula, nos presentaron como visitantes procedentes de la
madre patria España que estaban interesadas en conocer el sistema educativo
cubano. Los alumnos, adolescentes bien creciditos de secundaria, se levantaron
todos a una, saludaron y se sentaron en silencio cuando la directora lo ordenó.
Nos presentó al profesor. Un anciano que podría estar rondando los ochenta años
y que también se había reincorporado después de la jubilación. Para que
fuéramos conscientes del nivel con el que se impartía la clase, nos hicieron
notar que cada pupitre contaba con una pequeña bola del mundo de plástico para
compartir entre los dos alumnos. Las paredes estaban forradas por mapas. Todo
el conjunto remitía a una escuela rural de la España de los cincuenta. Salimos
del atolladero como pudimos, dando muchas veces las gracias por haber tenido
la oportunidad de ver un centro escolar
en funcionamiento y salimos de allí todo lo deprisa que podíamos para reír a
gusto ya en el coche. Por supuesto, todo el material, tan innecesario, se lo
quedaron.
Cienfuegos nos pareció la cara
opuesta de la moneda “Matanzas”. Una ciudad luminosa, llena de color y
vitalidad y con una arquitectura estupenda. La plaza José Martí (que nunca
falta en cualquier población de Cuba así como su busto) bullía de actividad
rodeada por un conjunto de edificios rehabilitados, todos ellos notables. Desde
el Ayuntamiento hasta el Teatro Tomás Terry o el antiguo Colegio San Lorenzo,
pero el que brilla con luz propia es el Palacio de Ferrer. Es una muestra del
modernismo catalán que fue impulsado por José Ferrer Sires. Le da una gracia
especial la torre con su escalera de caracol desde la que se puede disfrutar de
una panorámica sobre la bahía.
Nuestro alojamiento estaba en Punta
Gorda, en un extremo de la amplia bahía. Es un barrio poblado de palacetes
rehabilitados y convertidos algunos en hoteles, otros en sedes diplomáticas o
casas particulares que sugieren poderío económico. No era el caso de la
nuestra. La casa de Jorge y Alicia es una construcción sencilla, con un patio
agradable que tenía hasta una pequeña piscina. Nuestra anfitriona Alicia, eran
una mujer correcta pero sin el encanto que tenía la Cari de Viñales. Dejaba
sentir el tono distante que seguramente se instala a medida que crece la
experiencia con el turismo. Lo más sorprendente de la casa fue el
descubrimiento por la noche de la figura del guardián del coche: un anciano que
pasaba las largas horas nocturnas sentado en una silla en el patio cuidando de
nuestro carro. Cuando volvimos de cenar allí le encontramos, con la barbilla
desplomada sobre el pecho, y dormitando.
El paseo al atardecer hasta el extremo de Punta
Gorda nos permitió descubrir los palacetes de estilo francés que poblaban los
márgenes de este saliente de la bahía. Mansiones bien conservadas que recuerdan
las del estilo sureño de Nueva Orleans.
Por la noche quisimos disfrutar de una cena con
música y topamos con El Botellón, un pequeño local en el que dos músicos
desgranaban su repertorio sin que nadie les prestara ni la más mínima atención.
Un grupo de yanquis jóvenes se forraba a mojitos y armaban un alboroto que
hacía imposible escuchar nada. No parecía hacer mella en los músicos: ellos, a
lo suyo. Cantar y cantar.
Al día siguiente nos trasladamos a Rancho Luna.
Nos alojamos en el hotel Pasacaballo situado justo en la desembocadura de la
gran bolsa de 85 kilómetros que forma la bahía de Cienfuegos. Un lugar precioso y un hotel también muy
agradable. Hasta tenía piscina.
Descubrimos que unas escaleras al pie del hotel
conducían al embarcadero desde donde una pequeña embarcación cubría la
distancia entre las dos orillas. Así que decidimos pasar al otro lado e ir a
explorar Castillo de Jagua, la aldea instalada a la sombra de una fortaleza
protectora de la entrada a la bahía.
El restaurante El Pelícano, situado justo en el
muelle, hervía de actividad. Un grupo numeroso de americanos despachaban
bandejas de langosta regadas con diferentes caldos, actividad que se alternaba
con los pasos de salsa con el camarero. Tania América también mostraba su arte
con el baile y hacía de su jornada laboral una fiesta. En algún momento se
juntaban los dos cubanos y ofrecían una auténtica exhibición. Tania América era la camarera que nos
atendió. Una guapa mujer de 50 años, de cuerpo sensual, ojos vivos y sonrisa
permanente. Irradiaba simpatía y nuestro grupo le cayó en gracia: cinco mujeres
mayores, solas y con ganas de disfrutar. Ella confesó que esperaba poder algún
día hacer este tipo de viajes. Estaba divorciada y sostenía que “para la
gozadera siempre era mucho mejor viajar sin hombres”.
Después de la parrillada de pescado y
langostinos (todo fresquísimo y en su punto) decidimos ir a dar un paseo por el
pueblo. Justo coincidió el momento en que los niños salían de la escuela y las
mamás iban a recogerles. Fue un paseo encantador mezclándonos con las mujeres
del lugar. Tan pronto jóvenes madres con sus niños de la escuela infantil o del
parvulario como mujeres de edad avanzada que también se acercaban a recoger a los
nietos. La mayoría eran negras.
De vuelta al hotel, todavía pudimos disfrutar de
un rato de piscina y de la conversación con Richard, el joven y guapo animador,
deseoso de contar con nuestra presencia en el espectáculo nocturno. Aprovechamos
para someterle a un hábil interrogatorio acerca de las relaciones laborales en
los negocios privados. Por ejemplo, en los paladares. Nos explicó que la
libertad de despido era total y sin ningún tipo de indemnización. A cambio, se
gana más dinero en los negocios privados que en los estatales.
La guinda del Hotel Pasacaballos la puso la
puesta de sol desde la terraza del sexto piso. La ubicación de este hotel es
espectacular porque se sitúa justo en una elevación sobre el pequeño brazo de
mar que comunica el cul de sac que es
la bahía de Cienfuegos con el mar. Allí tuvimos la posibilidad de tener la
visión de conjunto de aquel resguardo natural tan peculiar. Y por supuesto,
vimos teñirse el cielo de rojo y hundirse la gran bola de fuego poco a poco
tras la loma de enfrente.
Después de una cena sin especial glamour en un
comedor atestado, nos dispusimos a disfrutar de las atracciones que el
Pasacaballo tenía programadas para los lluma.
Antes, y para abrir boca, disfrutamos de la variedad mojitos y daikiris de
hotel que, por lo que fuimos comprobando, tienen la virtud de decepcionar casi
siempre. Del espectáculo apenas tengo un recuerdo tamizado por los velos del
sueño. Creo que, tanto los hombres como las mujeres, llevaban unas mangas
compuestas por volantes de diferentes colores y de esa guisa se esforzaban por
mostrar su arte. Del resto solo recuerdo mis esfuerzos por mantener los ojos
abiertos mezclados con la sensación de frío en aquella galería al aire libre.
Sufrí uno de mis sonados ataques de “narcolepsia” que se alternaban con la
conversación de una joven santiagueña sentada al otro lado de Mercedes y que
tenía mucho interés en platicar. Creo recordar que había estado en Italia por
motivos de trabajo y que no se sintió bien tratada por los vecinos del “condominio” (dedujimos que se trataba de un
edificio de pisos) Cuando terminó el espectáculo me fui a la habitación sin
esperar al resto del “fiestón” anunciado por el animador Richard.
Trinidad: la joya
colonial y el Valle de los Ingenios
Recorrimos
de buena mañana los 82 kilómetros que nos separaban de Trinidad. A la izquierda
nos acompañó la Sierra de Escambray como una barrera protectora de los campos
de cultivo. Plantaciones de mangos, caña y plátano se alternaban y nos dejaban
constancia de que seguíamos en Cuba. Fue un recorrido tranquilo por una
carretera sin apenas tráfico ni socavones.
Por fin, Trinidad. La ciudad de más de
quinientos años considerada por la Unesco Patrimonio Mundial de la Humanidad.
Fundada a principios del siglo XVI, conserva todo el carácter de ciudad
colonial. Sus casas de dos alturas han sido en su mayoría rehabilitadas y
teñidas con los colores rabiosos que tanto gustan a los isleños. El resultado
es un mosaico multicolor que se yergue sobre un diabólico suelo empedrado más
parecido al lecho seco de un río que a unas calles dignas de tal nombre.
Pedruscos irregulares en tamaño y forma tapizan el suelo y complican la vida de
los viandantes (Quizá esta apreciación esté algo teñida de subjetividad.
Moverse con muleta era emocionante y a ratos desalentador)
El
elemento arquitectónico que más llamaba la atención podría ser, quizá, las
enormes verjas en hierro forjado que cubrían los ventanales hasta casi ras de
suelo. Asomarse a cotillear el interior era una tentación inevitable y lo que
se contemplaba merecía la pena. Magníficos muebles en maderas nobles, lámparas
y porcelanas que hablaban de los rescoldos de
un pasado esplendor.
A medida que avanzaba la mañana las hordas de
turistas lo invadían todo. Grupos de chinos, coreanos, canadienses, italianos…un
muestrario del planeta Tierra desparramándose entre los cantos rodados de la
bella Trinidad. Teníamos que buscar habitaciones en alguna casa particular así
que nos pareció que lo mejor era dejar el coche en el primer aparcamiento antes
de adentrarnos en el casco urbano. Un
amable “parqueador” nos cobró 3 cuc y nos garantizó el cuidado exquisito del
vehículo. Pronto nos dimos cuenta del error ¿Cómo deslizar nuestras maletas por
aquel pavimento para llegar a la casa que pudiéramos encontrar? Después de
dejarnos arrastrar a diferentes alojamientos que no cubrían los estándares
mínimos, topamos cerca de la plaza de las escalinatas de la Casa de la Música
el restaurante Rintintin. Allí supimos que su propietario Lorenzo nos podía ofrecer
un par de habitaciones en otra casa que tenía fuera de la zona monumental pero
en una calle próxima a la plaza José Martí. Nos pareció una buena idea, habida
cuenta de que el bureo de esa zona por la noche podría ser importante. Así que
nos dirigimos a la otra propiedad de Lorenzo y Mariela.
Lorenzo encarna al prototipo del superviviente
en la nueva era. Economista de formación, no tardó en contarnos su vida y sobre
todo su habilidad para los negocios. El nació con el gen del emprendedor, según
aseguraba. Pionero en el arte de hacer dinero gracias al turismo, nos comentó
que él lleva alquilando la primera casa que vimos desde hace dieciocho años.
Tiene la licencia número 48 de toda Cuba. Es padre de cinco hijos, dos de ellos
establecidos en Estados Unidos. Uno es médico y el otro militar. Él ha
conseguido la doble nacionalidad: uruguaya y cubana y tiene toda la pinta de
que pronto empezará a hacer “business” en el país de la plata. Dudo de que sea
este el perfil deseado por Pepe Mújica para hacer crecer la población de su
tierra pero son estos avispados los que primero huelen la posibilidad de hacer dinero y acuden como moscas a la miel. Es un
tipo que, a medida que se le conoce, gusta menos. Machista, mujeriego y untuoso
a partes iguales. Nuestra relación con él se fue tensando y para cuando llegó
la despedida se puede decir que era gélida.
De la estancia en Trinidad destacaría algunos
momentos gloriosos. Por ejemplo la comida en el restaurante al pie de las
escaleras de la Casa de la Música. Además de las bondades gastronómicas,
completó su encanto el acompañamiento de un grupo de músicos estupendos. Otro
momento memorable, el del atardecer en la terraza del Rintintin con música y
mojitos. Y un tercero muy divertido: el de la “Duquesa de Cornualles” poniendo
en movimiento con su donativo a una escultura viviente de un fraile medieval
que le mostró su agradecimiento impartiendo bendiciones, haciendo reverencias y
hasta besándole la mano. Ella, imperturbable. Muy en su papel.
La noche de Trinidad se nos resistió.
Pretendimos asistir al espectáculo de la Casa de la Trova y pronto tuvimos que
abandonar ante la avalancha de turistas. Todo muy alejado de la imagen idílica
de un rincón en el que vivir las esencias de la música cubana auténtica.
Salimos huyendo y nos dispusimos a encontrar el lugar adecuado para tomar una
copa y vivir el ambiente de Trinidad, la
nuit.
Nos topamos con un restaurante con música y allí
disfrutamos de una rica piña colada y de un rato de De alto Cedro voy para Marcané/Llego a Cueto, voy para Mayarí…
Al día siguiente decidimos ir de excursión al
Valle de los Ingenios. Se trata de una extensa planicie de unos 250 kilómetros
cuadrados sobre la que se asentó la gran industria azucarera cubana durante los
siglos XVIII y XIX. La excursión la hicimos en un carro tirado por un caballo y
conducido por Naique. En el cómputo global del viaje, en mi opinión fue quizá
el día más emocionante de los 17 que pasamos en la isla. El motivo no fue tanto
el paisaje y lo insólito del transporte como el paisanaje que tuvimos la suerte
de conocer. En primer lugar el cochero Naique. Un joven de treinta y tantos
años que destilaba bondad, prudencia y educación a partes iguales. Él vivía en
una de las aldeas del valle y se intentaba ganar la vida paseando turistas.
Acababa de ser padre de una niña que nació antes
de tiempo. Tuvo que estar algunas semanas en la incubadora en el hospital de
Santi Spiritus. Con su relato nos pudimos hacer una idea de lo que significa
tener que desplazarse haciendo uso del transporte local: es decir, pararse bajo
una de las marquesinas en las que figura el rótulo de “transporte de viajeros”
y esperar hasta que un camión atestado o uno de los escasos autobuses le
pudiera llevar hasta el hospital. Fueron momentos muy duros pero hoy se le
ilumina el rostro cuando habla de su bebé. Tiene una mirada muy dulce Naique.
Nos llevó hasta el ingenio en el que vive Ana
Gloria. Nos recibió una mujer de más de sesenta años, de baja estatura y cuerpo
desparramado que desbordaba unas mallas color fucsia y una camiseta verde
pistacho. Su sonrisa iluminaba su cara de luna llena. Nos mostró la planta baja
de la casa, la que ella habitaba. Una cocina muy primitiva, habitaciones que
podían evocar antiguos esplendores pero ahora decrépitas y, sobre todo y con
especial orgullo, nos mostró sus bichos: un pequeño rebaño de cabras,
habitantes de unos recintos separados por una baranda de troncos de unos
cuantos pavos. Nos enseñaba la propiedad como si fuera suya. En realidad, se puede decir que lo era. El
último propietario fue un alemán que desapareció en cuanto llegó la revolución.
Abandonó la industria azucarera, como el resto de los propietarios, y
últimamente el gobierno va cediendo esas magníficas casas a gentes humildes que
las mantienen vivas y medianamente conservadas con sus escasos medios.
Al poco apareció “el hombre de los ojos color
tabaco rubio”. No recuerdo su nombre. Ni siquiera estoy segura de que nos lo
dijera. Era un personaje joven, enjuto, y de mirada triste a quien Ana Gloria
le ayudaba en lo que podía. No tardó en
contarnos que acababa de vivir una tragedia familiar y que andaba buscando
trabajo en el ranchón de allí al lado. Él era historiador y demostró
conocimientos al contarnos como había sido la vida en los ingenios y el
maltrato de los amos criollos a los esclavos. “Este es el lugar en el que
empezó a amasar dinero la sacarocracia trinitaria a base de explotar a los
esclavos traídos de África”. Nos mostró
la torre con una campana a la que se subía un hombre encargado por el capataz para
vigilar que nadie tratara de huir. Si veía a alguien en fuga tañía la campana y
se iniciaba la persecución. Luego el látigo acabaría con la idea de intentarlo
de nuevo. Más tarde supimos que la tragedia del “hombre de los ojos color
tabaco rubio” era la pérdida de su familia, que fue asesinada. Se podía
entender la tristeza que le desbordaba la mirada y su necesidad de emprender
una nueva vida lejos de su lugar de origen. Estaba ayudando en la puesta en
marcha del ranchón y confiaba en aprender el oficio de camarero y en que le
contrataran.
Fue en este lugar donde, por fin, encontramos a
los receptores idóneos de nuestros regalos. Además del material escolar que ya
habíamos dejado en Jovellanos, llevábamos también un par de teléfonos móviles
que acababan de ser sustituidos por otros más modernos. En la conversación con
Ana Gloria y su protegido nos hicieron ver la importancia de disponer de un smarphone en estos lugares aislados.
Para la dueña de la casa sería la única forma de poder tener contacto con su
nieta. Así que quedamos en que por la tarde se acercaría su protegido hasta la
plaza José Martí de Trinidad. También agradecerían cualquier prenda de ropa de
la que pudiéramos desprendernos. Durante toda la conversación Naique permaneció
escuchando y sin decir ni una palabra. Solo cuando emprendimos el regreso se
atrevió a manifestar lo importante que sería también para él disponer de uno de
los dos teléfonos. Con mucha prudencia nos vino a decir que le supondría una
ayuda extraordinaria para su trabajo. Sería la manera de poder estar
localizable y que los guías del mirador del Valle le llamaran ofreciéndole
turistas. Quedamos también con él por la tarde en Trinidad.
Ya con sensación de que por fin nuestros regalos
iban a ser de utilidad, nos despedimos de Ana Gloria y fuimos al Ranchón con la
intención de tomar unas cervezas. Vano intento porque no tenían. Todavía
estaban en el proceso de instalación y no funcionaba la nevera. Así que nuestro
amigo de los ojos tristes se subió a unas palmeras y cortó unos cocos cuya agua
sustituyó a las cervezas inexistentes. Fue un rato de charla agradable con los
dueños del futuro negocio bajo la cubierta vegetal de hojas de palma.
La excursión se prolongó durante otra hora
porque supimos que había la posibilidad de ver caobas y ninguna habíamos visto
nunca esa clase de árbol. Maite, la Duquesa, tenía especial interés y por fin
los encontramos. Fue una delicia adentrarnos un poco más en el valle por caminos estrechos, vadeando riachuelos y
tener por fin delante los troncos
estriados de la noble madera. Estos imponentes árboles, que crecen en bosques
húmedos, pueden alcanzar los 30 metros de alto y un diámetro de metro y
medio. Los que vimos nosotras no
llegaban a estos tamaños pero eran preciosos con tallos esbeltos rematados por
frondosas copas pobladas de hojas pequeñas y verdes.
Recuperamos nuestro coche, nos despedimos hasta
la tarde de nuestro amigo Naique y decidimos ir a la playa de Ancón. En el
camino nos topamos con la torre Manaca Iznaga, que desde sus 44 metros de
altura se convierte en otro testigo del pasado esclavista del valle. La levantó
Pedro Iznaga en su hacienda y su misión era también servir de punto de
vigilancia de los esclavos para evitar su fuga.
De nuestra visita a la costa, lo más destacable
fue las langostas con gambas recién pescadas que disfrutamos en un merendero al
borde de la carretera. Una inspiración divina de Coca quien se dio iuenta de
que iba a ser una gran oportunidad de probar los bichos recién pescados.
Estuvieron deliciosas, en su punto de plancha. El hombre que regentaba el
establecimiento tenía un amigo en Gorliz y conocía nuestra tierra así que la
corriente de simpatía fue inmediata.
Santi
Spiritus y Yaguajay: ventanas a la Cuba auténtica
Después
de las multitudes que deambulaban día y noche por Trinidad, el encuentro con
Santi Spiritus tuvo un efecto balsámico. Estábamos en una ciudad de unos
150.000 habitantes en la que se podía captar el ritmo de la vida cotidiana.
Situada en el centro sur de la isla, creció a orillas del río Yayabo y todavía
conserva el único puente de la época colonial. Una preciosa construcción sobre
cinco arcadas de medio punto y una elevación central todavía prestando servicio
para salvar la trinchera del Yayabo.
Fue
delicioso pasear por el centro histórico y acercarnos hasta la iglesia Parroquial
Mayor, que data del siglo XVIII, y que cuenta con un campanario de treinta
metros de altura. Durante bastante tiempo, el más alto de la isla. Si se tiene
humor para ascender por los 86 escalones se llega al lugar donde se albergaban
cuatro campanas fundidas en oro, plata y bronce en los tiempos de opulencia
colonial. Desde esa atalaya se consigue una visión de conjunto de la ciudad en
la que, una vez más, destaca el cromatismo variado de sus edificios.
También nos atrajo la elegancia neoclásica del
edificio de la Biblioteca Provincial Rubén
Martínez Villena. Nos dedicamos a husmear un rato por sus dependencias a
las que se accede por una imponente escalinata central. Silencio y
concentración entre los escasos usuarios de las instalaciones y una sensación
de desproporción entre lo magnífico del contenedor y la escasez del contenido.
La verdad es que no se podía apreciar un fondo bibliográfico muy deslumbrante.
Pero el lugar al que dedicamos mayor atención
fue al Museo de Arte Colonial. Una vez más nos topamos con el nombre de Valle
Iznaga (el mismo de la torre Iznaga del Valle de los Ingenios). Este antepasado
vasco se construyó un enorme palacio en el siglo XVIII que hoy se conoce como
la casa de las cien puertas (parece que este es el número que separa las
diferentes estancias y accesos a patios interiores)
En la actualidad, es un museo que recoge piezas de decoración de gran interés. Se
pueden admirar desde porcelanas de Sevres hasta impresionantes lámparas españolas
y muebles de caoba. Al llegar a la habitación de la hija de la casa descubrimos
que tenía un piano. Nos explicaron que satisfacer ese capricho supuso la
pérdida de numerosas vidas humanas y un esfuerzo brutal para los muchos hombres
que lo transportaron. Durante el día se abrían a machetazos camino por la
foresta para poder por la noche avanzar con el piano a hombros. Así día tras
día, hasta cubrir la distancia desde el puerto de Matanzas hasta Santi
Spiritus. Cuando finalmente llegaron a la casa con la preciosa carga, la
señorita abrió la tapa, pulsó unas cuantas teclas y la cerró diciendo que no le
gustaba cómo sonaba. Nunca más volvió a intentarlo.
Por la noche decidimos hacer otro intento con la
música cubana. También en esta ciudad había Casa de la Trova. Situada en una
casona colonial en la parte antigua de la ciudad, abre su patio todas las
noches para que la población local dé rienda suelta a su pasión por la música,
el baile y el ron. Tuvimos la oportunidad de vivir esta experiencia en un sábado.
La cola antes de la hora de apertura ya era enorme y estaba compuesta por un
heterogéneo público de todas las edades. Fue una experiencia singular asistir
desde mi silla de “inválida” a la fiebre de la concurrencia por el baile. Un
espectáculo. Sobre todo cuando estaba dado por personas de mucha edad que
mantenían su capacidad de disfrutar de la música con economía de esfuerzo pero
sin que ello mermara el despliegue de un arte cultivado a lo largo de su larga
vida. En el otro extremo, mujeres jóvenes sobre taconazos imposibles se
esforzaban por mantener el equilibrio sin perder el ritmo.
Abandonamos la ciudad y emprendimos camino hacia
la provincia de Yaguajay, en la costa norte de la región de Santi Spiritus.
Allí teníamos reservado un hotel en Villa San José del Lago como preludio de
los cuatro días últimos de estancia en la isla que pasaríamos en un cayo.
Después del trajín de los días anteriores, recorriendo kilómetros y pateando
ciudades y campos, nos pareció que ya merecíamos un lugar de descanso.
Villa San José del Lago resultó ser un lugar
encantador. Pertenece a la cadena estatal de hoteles Islazul y se dirige con
ofertas muy interesantes al público cubano. El fin de semana que estuvimos
nosotras, ofrecían habitación doble por 20 CUC, el primer niño gratis y el
segundo tenía que pagar 2 CUC. Así que el ambiente que encontramos era muy
familiar. Los alojamientos se distribuyen a lo largo de un gran parque en
pequeñas construcciones. Las nuestras estaban frente a un lago de aguas verdes
y rodeado de palmeras.
Las instalaciones cuentan con oferta termal y su
carácter de balneario curativo es el reclamo que pretenden ofrecer. Sin
embargo, la piscina termal nos pareció más bien disuasoria por su aspecto no
muy cuidado (aunque aseguran curaciones de casi todo). A cambio, las exteriores
estaban bien y pudimos disfrutar de baños y hamacas al sol para ir entrando en
materia de lo que luego sería nuestra vida en el cayo. Cariel, un joven y
guapo socorrista negro de tamaño
gigantesco, nos vigilaba con atención, siempre dispuesto a intervenir para
evitar que alguna de las ladys
pudiera tener un percance. No tuvo
suerte y declinamos sus ofertas de variados servicios.
Lo más destacable de San José del Lago es la
calidad de su personal. Difícil encontrar profesionales más simpáticos. Ponen
todo su empeño en que te sientas como en casa y lo consiguen. Las tertulias por
la noche con el antiguo guarda de seguridad y la jefa de recepción no tuvieron
desperdicio. En una de ellas asistimos perplejas a otra muestra del carácter
cubano. Se desató un incendio junto a la alambrada que delimita el terreno del
hotel. Por más que mostrábamos inquietud ante el tamaño que iba adquiriendo el
fuego, ellos no se daban por enterados. Estábamos con un profesional de la
seguridad (un hombre ya mayor que había dejado de ejercer como tal y ahora
tenía una función indefinida en el staff)
A medida que pasaba el tiempo y las llamas avanzaban hasta rozar la malla
de separación, nuestro interés por la charla decaía y no parábamos de decir que
el fuego estaba ya ahí mismo.
—Tranquilas, marías,
que no pasa nada. —Y seguían con el palique.
Efectivamente, no pasó nada y alguna
intervención eficaz debió de haber porque las llamas desaparecieron.
Cayo Santa María,
fin del trayecto
Camino
del cayo paramos en Caibarien en homenaje a nuestra desaparecida amiga Regina
que había nacido allí. Nos encontramos con una ciudad decadente en la que se
podían adivinar pasados esplendores. Una arquitectura importante, muchas veces
convertida en ruinas. Fue una breve parada antes de seguir rumbo al cayo.
Cayo Santa María es un pequeño
islote de 21,4 kilómetros cuadrados
unido a la costa por un pedraplén
de 48 kilómetros. Nos alojamos en el hotel Starfish en régimen de “todo
incluído” y nos dispusimos a vivir una experiencia que nada tiene que ver con
nuestro estilo habitual de viaje. Efectivamente, fueron cuatro días de descanso
en un lugar en el que es difícil hacer otra cosa. Instalaciones confortables, suministro
de bebida por todos los lados (en el centro de las enormes piscinas también hay
kioskos bar) y playa de arena blanca con hamacas, más bares y música siempre
presente. El mar estuvo revuelto los tres primeros días con imposibilidad de
disfrutar del baño pero en el último nos mostró su cara amable y su gama de
azules y verdes en una superficie tranquila. Por fin, gozamos de aquellas
maravillosas aguas. Una nota de exotismo añadido la proporcionaban los
pelícanos que planeaban casi rozando la superficie hasta zambullirse con sus enormes
picos en busca de algún pez despistado.
Por lo demás, todo es un puro
artificio. Hasta tienen construido un falso pequeño pueblo al que te llevan en un
pequeño coche eléctrico desde el hotel y donde todavía se puede seguir
husmeando en puestos de artesanía creando la apariencia de mercados
tradicionales. La primera noche nos dejamos seducir por una oferta de actuación
del Buena Vista Social Club y compramos entradas para el espectáculo. Pronto
comprobamos que la publicidad del folleto era engañosa y que lo que en realidad
se ofrecía era la actuación de unos “Legendarios del Guajiirito” de los que
alguno había pertenecido al mítico Buena Vista. Fue una actuación mediocre en
casi todos los casos y marcada por el mal gusto y la zafiedad en algún otro. Lo
extraordinario fue ver la participación entregada de aquel público compuesto
por las más variadas nacionalidades. Canadienses y franceses, en primer lugar,
pero también pobladores de Estados Unidos, chinos, chilenos, coreanos,
italianos, argentinos…En fin, un mosaico representativo del ancho mundo. Y en
medio de esa “babel”, las cinco vascas perplejas e incapaces de participar en
cualquiera de las propuestas que eran muchas y variadas.
De la estancia en el Cayo Santa
María el mejor recuerdo que me ha quedado fue el encuentro con Joel, un
jardinero que apareció en el momento en que yo me topé con dos serpientes de un
metro cada una. Seguramente la fobia a esa clase de bichos tendrá un nombre. Lo
desconozco pero sé que yo la padezco. Salí de la cabañita de la playa gritando
despavorida y nos tropezamos con un muchacho de sonrisa seductora tocado con un
sombrero de paja de ala ancha. Cuando fue a la cabaña para hacerse cargo de mi
hallazgo los bichos ya habían desaparecido. Nos quedamos conversando con Joel y
creo que a todas nos enamoró un poco. Quedamos al día siguiente para invitarle
a una cerveza al mediodía y entregarle para su mujer camisetas bien usadas
durante toda la estancia. No aceptó la invitación porque dijo que en los
jardines había cámaras y ellos tenían prohibido hablar con los clientes pero
nos llevó a un lugar discreto entre la vegetación en el que le hicimos entrega
de las prendas y allí se tomó su cerveza.
El viaje de regreso a La Habana nos
lo planteamos con muchas horas de antelación para podernos perder a gusto si
hacía falta. Paramos a comer en un bar de la carretera y tuvimos un último
encuentro con la Cuba del Comandante. El “parqueador” era un hombre mayor que
había combatido con él en Sierra Maestra. En tres ocasiones tuvo la oportunidad
de hablar con Fidel y en una de ellas, al ver cómo iba calzado, Fidel se quitó
sus zapatos y se los regaló. Todavía se le ilumina el rostro al recordarlo. Se
despidió ofreciéndonos su casa si volvíamos por la isla. Él dispone de espacio
y siempre seríamos bien recibidas.
La verdad
es que en esta ocasión la entrada en La Habana no tuvo demasiados problemas y
pronto pudimos seguir las indicaciones que nos llevaron hasta el aeropuerto.
Allí entregamos nuestro flamante “carro” y nos dispusimos a dejar pasar el
tiempo hasta la hora de coger el avión. Ya flotaba en el ambiente la voluntad
de repetir viaje el próximo año para rematar lo que ha quedado pendiente: la
zona oriental de la isla con ciudades tan especiales como Camaguey o Santiago.
Volveremos.
Este viaje tuvo
lugar entre los días 10 y 28 de enero de 2017
El equipo de
“las ladys” estaba compuesto por cinco amigas jubiladas y jubilosas. Cada una
con su papel bien definido que contribuyó a la buena marcha de la operación:
Coca,
lideresa indiscutible, diseñadora del viaje y cajera
Maite,
la “duquesa de Cornualles”, título que se autoadjudicó cuando se compró un
sombrero de paja que le acompañó cada día. Conductora del carro y buena
interpretadora de planos
Ana,
hermana de Coca. En su maleta, siempre ordenada, aparecía toda suerte de
objetos llamados a satisfacer las necesidades que nos pudieran surgir. El buen
humor hecho mujer.
Mercedes,
la Mcguiver del grupo. Es la más joven y se mueve con agilidad para resolver
cualquier duda o imprevisto.
Mabel
(la que firma este documento) En proceso de rehabilitación de una operación de
cadera, arrastró su muleta por la isla y siempre iba unos cuantos metros por
detrás. También sufría un poco de narcolepsia y se dormía a la menor ocasión.
Para compensar estas limitaciones, también conducía el coche.
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